Encadenado a las Tragaperras 

El autor de esta carta cayó en un pozo sin fin: la adicción a las máquinas tragaperras. Llegó a tocar fondo y estuvo a punto de perder todo. Sin embargo, su mensaje es un canto de esperanza: se puede salir de ese infierno.

Esta es la Crónica de su huida hacia delante.

Me llamo Juan, estoy casado, tengo tres hijos y hace poco cumplí 50 años. Trabajo como funcionario del Estado y soy natural y vecino de un lugar del mundo.

Fui un adicto a las máquinas tragaperras, es decir, un enfermo del juego, un ludópata. Esta adicción llegó a convertir mi vida en un infierno, en un sin vivir, tanto en lo personal como en lo profesional y, sobre todo en lo familiar, pues esta dolorosa situación hizo que se deteriorara la relación con los que mas quería: mi mujer y mis hijos. Ellos, por desgracia, fueron los que pagaron más caros mis errores.

Sería incapaz de recordar cómo empezó todo. Sé que a veces iba a tomar un cortado al bar de delante de mi trabajo y tiraba una moneda a la máquina. Un día me tocó y me puse muy contento. Pero no tuve bastante, me gasté todo el dinero del premio esperando que me volviera a tocar. Quería volver a oír esa musiquilla que emiten las máquinas cuando has ganado. Pero la música no llegaba y yo seguía allí, tirando monedas.

Del JUEGO a la ADICCIÓN

Yo no me di cuenta de que era un adicto a las maquinas hasta que fue demasiado tarde. Es algo progresivo. Un día estas media hora jugando y te dices a ti mismo que no haces mal a nadie, que te lo has ganado después de un duro día de trabajo. Lo ves como  una evasión, una forma de no pensar en nada. Después se convierte en una obsesión. Llegas a sentir que es una de las obligaciones que tienes.

Yo mentía a mi familia. Les decía que tenía mucho trabajo en la oficina y que llegaría tarde. Supongo que muchos de los lectores se estarán preguntando: ¿como puede alguien preferir pasar las horas delante de una máquina que con su familia? Yo, ahora, también me lo pregunto. Es una adicción tan fuerte que no puedes resistirte a ella. Había días en los que me proponía no ir al bar, pero si oía el ruido de una tragaperras mientras caminaba hacia casa, estaba perdido. Era como un canto de sirena. Me hacia perder la voluntad, abandonar cualquier propósito y entra directamente en el bar a gastarme todo lo que llevara encima.

No puedo recordar siquiera qué pensaba en aquel momento. Supongo en un principio me ponía la excusa a mi mismo que quería ganar y con el dinero hacer algo por mi familia. Pero una vez empezaba tan solo podía concentrarme en e echar una moneda tras otra. Era como una realidad paralela que anulaba todo lo demás. La máquina y yo formábamos un universo propio que estaba por encima de todo lo que con tanto esfuerzo había construido durante años¡. Mi familia, mi trabajo, mis amigos..

En aquella época, recuerdo que incluso soñaba con las máquinas y me despertaba con el deseo de jugar lo antes posible con una de ellas.

LES DEJÉ SIN DINERO


Evidentemente, ese ritmo de gasto acabó pasándome factura. Al principio, cuando todavía no era un adicto, pude disimularlo. Pero después, mi mujer sospechó que me estaba gastando el dinero.

La adicción te convierte en un hombre ruin. Y así me pasó a mí. A veces, cuando cobraba, me iba corriendo al banco para sacar el dinero de la nómina, antes de que mi esposa pudiera retirarlo. Así, dejaba a mi familia sin dinero para poder pasar el mes.


Empecé a pedir préstamos. Me inventaba excusas, les explicaba mentiras a mis amigos y así me hacia con algo de dinero que se perdería inexorablemente en la tripa de una tragaperras.


Me convertí en una marioneta de las máquinas. Perdí mi dignidad, honradez, honor y personalidad. No era nada ni nadie. Era un hombre roto, vacío, llegando al punto de que no conocía ni a mi mujer ni a mis hijos. Los veía como obstáculos que interferían en mi camino hacia las máquinas. Y tenía que apartarlos como fuera, puesto que en aquel momento lo único importante era poder jugar y jugar hasta vaciar mis bolsillos y mi corazón.

Tiré por la borda 20 años de matrimonio y de buena convivencia. Me llené de deudas y no me quedó nada como persona. Estaba vacío de sentimientos.


UN POZO SIN FONDO


La relación con mi familia Se había deteriorado terriblemente. Ellos sólo querían retenerme para que no fuera a jugar y yo únicamente deseaba escaparme y plantarme delante de una de aquellas malditas máquinas. Así, pues, no hablábamos casi nunca, tan sólo nos gritábamos. Yo mentía y me inventaba excusas para poder volver a jugar.


Cuando Estaba ante la máquina, todas mis penas se diluían. Por eso es tan difícil salir. Es un pez que se muerde la cola. Si te metes en líos por jugar a las tragaperras, quieres jugar para olvidarte de los líos en los que te has metido.


EL ULTIMÁTUM


Yo me daba cuenta de que aquello me estaba matando como persona, pero por mucho que me propusiera dejarlo, me veía incapaz.


Un día mi mujer me lo planteo abiertamente: O empezaba a cambiar o me abandonaba. Recuerdo que llevábamos meses sin hablar. “Estoy harta de discutir. Tú tienes un problema y yo voy a estar a tu lado para ayudarte. Pero si no quieres hacer nada por salir de ese agujero, yo no puedo obligarte, del mismo modo en que tú no puedes obligarme a a ver como te desmoronas. O dejas ese vicio tuyo o me voy a casa de mi madre con los niños. Y no quiero más promesas que no vas a poder cumplir”, me dijo.


Yo no entendí que tenia razón. Hbía aguantado mucho sufrimiento por mi culpa. Y también era cierto que no podía mentir de nuevo. No me veía capaz de salir solo de ese agujero. Y así se lo dije. Necesitaba ayuda.


Ella me dijo que no me preocupara, que buscaría quien me pudiera echar una mano. Habló con mi hermano pequeño y él encontró lo que necesitaba. Se trataba de una asociación de jugadores de azar en rehabilitación.


Mi esposa y mi hermano me acompañaron ala primera reunión. Llegué nervioso y asustado, pero lleno de esperanza. Por fin, había dado el primer y definitivo paso: había reconocido mi problema y estaba luchando para encontrar una solución. Sabía que el camino era duro pero estaba dispuesto a luchar. Y tenía a mi familia al lado. Estoy seguro de que sin ellos no lo habría conseguido.


LA LUZ AL FINAL DEL TÚNEL


Tuve una recaída y fue muy dolorosa. Te llegas a odiar a tu mismo, puesto que eres consciente del daño que te haces y de la decepción que causas a los que tanto te quieren cada vez que vuelves a jugar.


Ahora, tras 7 años en la asociación, los cambios que se han producido en mi han sido milagrosos. Me he recuperado como persona, como padre, como esposo, como hermano y como hijo. Comencé de nuevo a sentirme útil, recuperé mis sentimientos ya olvidados. El paso más importante fué dejar de culparme y empezar a quererme. Ésa era la única manera de poder volver a querer a los demás.


Sin duda he cambiado en todos los aspectos de mi vida: familiar, profesional, personal, anímico.. Ahora, por fin, tengo la capacidad de pensar, de elegir libremente. Ya no soy un esclavo de las máquinas. Cuando salí del túnel, descubrí todas las deudas que había adquirido. Eso es terrible.

No puedes reconstruir tu vida como sin nada hubiera pasado. Tienes que hacer frente a tus errores y es muy duro. Pero también es un acto de madurez y responsabilidad.

Todo esto se puede conseguir, con trabajo, tesón y sacrificio. Y, por supuesto, con la ayuda de los que te quieren, y en especial de los profesionales y compañeros de terapia. Sin ellos no lo hubiera logrado nunca.


Amigos de todos los rincones del mapa.

Pedid ayuda para superar vuestra enfermedad. Se puede salir.


Comenzar la recuperación es como empezar a vivir otra vez.